CACERES

Cacereños por miles bajan hasta la ciudad de piedra para curiosear entre los puestos, pasear entre las calles adornadas o probar delicatessen en forma de crèpe o empanada, de kebab o pincho moruno.
Ayer el grupo Los Fratres inauguró junto a la alcaldesa Carmen Heras una octava edición con menos puestos pero más espectáculo. Personajes desfigurados, malabaristas y artistas del fuego dieron el arranque mágico a estas jornadas. Se intenta que la cita no sea únicamente un lugar para transaccionar, sino para sumergirse en un sui generis túnel del tiempo y aprovechar el marco que, más allá del tópico, resulta único. Eso sí, la fidelidad a la época que proponen algunos puestos dista mucho de ser exacta.
Historias
Más allá de puestos o, más bien, detrás de los puestos, las historias de feriantes que conocen muy de cerca las particularidades de este tipo de mercados, un auténtico fenómeno urbano de masas, aquí y en toda Europa. Entre ellos, Nicolás de Hamerburgo, un alemán con pinta de vikingo y que cuando no está de ferias vive en Astorga. También es fakir, aunque en proceso de retiro.
El mercado de Cáceres le gusta, aunque cree que hay demasiados puestos y que debería aprovecharse mejor un entorno tan privilegiado. Dice que los mejores mercados de este tipo están en el norte y él los considera, más que otra cosa, «un espectáculo». El más antiguo del que él tiene constancia se celebra en una ciudad alemana desde hace cincuenta años. Y en España el de más solera está en Morella, en Castellón, con 18 años de antigüedad. Nicolás se dedica a la venta de ropajes medievales, «que no disfraces», que sirven para introducirse adecuadamente en el mundo medieval. Los compra en sus viajes por Europa y tienen precios que oscilan entre los veinticinco y los varios miles de euros. Estos últimos son trajes de novios hechos a medida.
A su lado, en San Jorge, Javier Santuca, malabarista y percusionista, recién llegado del Womad de Las Palmas, en donde se ha «cansado» de darle a los tambores. «He venido a Cáceres a estar tranquilo», comenta en su puesto de palos chinos para malabares hechos con material de reciclaje, principalmente envoltorios de chocolatinas y de helados. Impartirá talleres durante el mercado.
La judería vieja ofrece un pequeño zoológico con aves rapaces, conejos, gallinas y otras especies más extrañas por estas latitudes, como emús -una especie de avestruces que proceden de Australia- llamas o dromedarios. Hay tres, y por cuatro euros uno puede darse un paseo en uno de esos bichos de 400 kilos por un itinerario dentro del mercado. Oliver Fernández se encarga de controlar a estos animales, que forman parte de la Escuela de Equitación El Centauro, de Tudela de Duero, en Valladolid. También van de plaza en plaza, trabajan para cabalgatas, spots de televisión y mercados. Impresiona ver esos animales del desierto entre piedras.
El Mercado Medieval de las Tres Culturas continúa hasta el domingo con exhibiciones durante todo el día. El Palacio de Carvajal acoge conferencias de Luthería -fabricación de instrumentos de cuerda- y en San Jorge un trapecio de cuatro metros exhibe acrobacias. Más de doce horas al día, de 11,30 a 00,00 horas para perderse en las calles de piedra, ahora más vivas.





























































