Orlando Rojas, un peruano de Valladolid (lleva tres años aquí), comió del cemento hasta que ya no hubo más ladrillos que poner. Trabajaba en la construcción cuando la crisis le obligó a bajarse del andamio y agarrar una manguera, por primera vez en su vida, para luchar contra el fuego. Abandonó el bosque de grúas y lo cambió por los pinares de la provincia. Y en ésas está.
Orlando es una de las 249 personas que integran el operativo especial contra incendios forestales que la Junta ha desplegado en Valladolid y que vigilará, durante todo el verano, las 24 horas del día, el territorio provincial con el objetivo de que el fuego no extienda sus garras por estos pagos, que las llamas no se coman ni una sola hectárea, que no haya cenizas cuando se apague el verano.
Durante estas primeras semanas estivales, Orlando y otros compañeros -los que componen las ocho cuadrillas de extinción terrestre (les llaman 'romeos' en el argot)- reciben un curso formativo para saber cómo enfrentarse al fuego y acabar con las llamas sin que éstas les jueguen una mala pasada. «Aquí aprenden desde lo básico, como el tendido y la recogida de la manguera (tienen 25 metros), hasta cómo atacar el fuego, cómo se hace una línea de defensa o cómo se liquida un incendio». Lo explica su monitor, Óscar Santos, segoviano y capataz del Centro de la Defensa del Fuego en León. Durante esta semana ha coordinado las clases prácticas desarrolladas en Tudela de Duero, con los alumnos enfundados en sus EPI (los equipos de protección de incendios), unos monos amarillos y grises que les acompañarán cada vez que tengan que batirse en duelo con el fuego. Y les tocará hacerlo unas cuantas veces durante el verano. Es verdad que Valladolid «no es una provincia complicada» -en comparación con León, con Palencia, con Burgos- pero aún así hay que estar al loro. Para ello hay trece puestos, trece torres de vigilancias distribuidas por la provincia, cada una de ellas con dos personas que, por turnos y de sol a sol, buscan hilos de humo en el horizonte. Por el humo se sabe... «Estas torres tienen una alidada», explica Arturo Álvarez, conductor de un 'charlie', un camión autobomba con 4.700 litros de agua de capacidad y 200 litros adicionales de espuma, con la que se rocían las brasas para aplacar el calor. ¿Una alidada? «Es un trípode que tiene una especie de transportador de 360 grados. El cero, normalmente, está en el norte, o marcando la torre de una iglesia», añade. Cuando se produce el avistamiento, se comunica al centro provincial de mando, ubicado en la calle Duque de la Victoria y allí triangulan las coordenadas dadas por las torres de vigilancia más cercanas para localizar en un mapa el lugar exacto en el que se ha registrado el incendio.
A partir de ahí se despliega todo el operativo, las emisoras comienzan a dar la orden de intervención y llega el momento en el que Orlando y sus compañeros de cuadrilla (75 personas en ocho grupos) entran en acción, arropados, si es necesario, por medios aéreos (en Valladolid hay un helicóptero con cuadrilla y un avión de carga en tierra, 14 personas en total) o terrestres. En la provincia existen seis vehículos de extinción (autobombas) con 33 personas.
El despliegue en Valladolid se completa con una brigada de investigación -con un técnico y equipo de agentes forestales-, además 15 técnicos, 68 agentes forestales, 4 conductores de oficina y cinco radioescuchas de la emisora central.
Además de intervenir en el caso de que haya un fuego, las cuadrillas (con base en Olmedo, Quintanilla de Onésimo, La Pedraja de Portillo, Tudela, Tordesillas, La Parrilla, Íscar y la capital) se encargan también de los trabajos selvícolas preventivos, con podas y trazados de cortafuegos.