José Antonio recita de memoria los quince primeros platos de su menú. Se arranca sin pensarlo: alubias, garbanzos, lentejas, menestra, ensaladilla rusa, macarrones... Respira y sigue con los quince segundos: chuleta de cordero, filete de ternera, carne guisada, pescado fresco a la plancha... Y los postres, «todos caseros». Tarta de queso, flan, natillas... De 9,50 a 15 euros. «El más caro es porque ponemos un buen chuletón de ternera. Lo traemos de Galicia, de Orense». Y esa carne llega a una de las mesas de su mesón por carretera, por la N-122, uno de los agujeros negros de las infraestructuras de Castilla y León, una calzada que algún día será autovía pero que, de momento, sigue pintada con una sola línea roja en los mapas.
José Antonio come de la carretera -lo dice acodado en la cabina de teléfono verde que tiene junto a la barra de su bar restaurante, al lado de las casetes a 4,50 euros-, pero es él quien da de comer a quienes por la carretera pasan, sobre todo camioneros, viajeros a mitad de camino y trabajadores de la variante de Aranda. Su establecimiento Sanjoscar -resultado de la unión de los nombres de Santa (la madre), José (el padre), y Óscar y Carlos, los hijos- está ubicado a pie de calzada, en el kilómetro donde empiezan los quebraderos de cabeza para los técnicos del ministerio de Fomento y los dolores cervicales para los conductores que tienen que torcer el cuello para comprobar que el adelantamiento es seguro. A la izquierda del mesón -adosado a una gasolinera en Castrillo de la Vega- está decidido ya el desvío. «Eso queda bien, la rotonda dará buen servicio», explica José Antonio. A la derecha arrancan las dudas. «A ver cómo nos dejan los accesos cuando empiecen a hacer algo aquí».
El tramo hasta el límite con la provincia de Valladolid ya está adjudicado pero, de momento, no pasan las máquinas. Lo mismo ocurre en los 25,5 kilómetros que van desde Castrillo de Duero hasta Quintanilla de Arriba. Y más allá está el problema. El Gobierno anunció en junio la licitación del tramo de autovía entre Quintanilla y Tudela -pero no cierra el trazado definitivo- y la semana pasada los presupuestos del Estado certificaron que no hay ni un solo euro para ese tramo. Nada. Ni un céntimo. Seguirá el dolor de cuello. Y continuarán las excusas y condicionales de escaño y parlamento. Que si esto, que si lo otro.
«Esta carretera va por detrás de todas las demás. Parece que a los políticos no les interesa», se lamenta José Antonio en la cocina del restaurante -detrás de la puerta guarda una bolsa con paños promocionales que regala para que los parroquianos limpien los cristales del camión- mientras Merche, la cocinera, saca una tanda de patatas fritas de la freidora. Irán directamente al plato de alguno de los habituales de la posta. Como el palentino Javier Casero, vecino de Santibáñez de la Peña y conductor de un camión que lleva madera a un aserradero de Cuéllar. Desde Burgos. «A esta carretera le hace falta un arreglo, pero ya. Está toda parcheada, vas dando tumbos. Yo suelo hacer una ruta por Cáceres. El firme por ahí abajo no está muy allá, pero mejor que éste seguro. Seguro».
O como el soriano Marcos García, con el tenedor preparado en una mesa vecina. También camionero. Igual que sus hijos David y Carlos. Uno de ellos, además, hace el mismo recorrido que su padre, pero a la inversa. De Barcelona a Valladolid con productos de droguería en la carga del camión. Cosméticos. «Desde que sales de Zaragoza hasta que llegas a Valladolid el camino es una verdadera tortura». Lo dice alguien que tiene que cubrir el trayecto más a menudo de lo que le gustaría. «Y si encima te toca un servicio especial por delante, échate a temblar».
La línea continua
La pesadilla de los coches y furgonetas es un camión. Y la tortura de los camiones, un servicio especial, esos tráileres gigantes -escoltados con furgones blancos de sirenas en el techo-, que suelen transportar vigas gigantes para los túneles, tremendas aspas para los molinos de viento. «Ahora que están con lo de la energía eólica te cruzas con más de uno cada día. Y como te toquen, se acabó», explica García. Ya estás condenado, si hay suerte, al adelantamiento apresurado, a la mirada de reojo para ver si por fin se ha terminado la maldita línea continua. Y si la fortuna no sonríe, a levantar el pie del acelerador y esperar a que la carga pesada pare en algún momento del camino.
Hoy hay suerte y el servicio especial se detiene en El Empecinado, mesón que desde Castrillo de Duero anuncia la cercanía de Peñafiel. En el aparcamiento hay una veintena de camiones. Muchos de sus ocupantes comen en el interior de un establecimiento al que se accede por una puerta empapelada con anuncios de homenajes y recuerdos a Juan Martín, combatiente ribereño en la Guerra de la Independencia. Otros han decidido quedarse en el exterior, darle al bocadillo o al yogur desde la cabina del camión y bajar brevemente a estirar las piernas y tomar un café.
Ismael Pinas es zaragozano y también maldice frente al volante cada vez que le toca ir detrás de un servicio especial. Imposible sortearlo hasta que este tramo de la N-122 no sea autovía. Cuando le ocurre, cuando el tapón se adueña de la carretera, no duda en echar una ojeada al móvil para recuperar el buen humor. En el fondo de pantalla de su teléfono tiene una fotografía de Ismael, su nieto, heredero de la tradición familiar del nombre. «Ismael me llamó yo. Y mi hijo. Y ahora también el nieto». Dos añitos. «Cuando nació nos tocó la lotería», asegura sonriente el orgulloso abuelo. Llegó al mundo el 22 de diciembre, el día del sorteo. «No trajo debajo del brazo ni un pan ni el 'gordo', pero vino con salud, que es lo importante», asegura con una cuchara en la mano y 33 años de profesión a la espalda, la mayoría por carreteras europeas. ¿Y cómo es que no hay fotos en la cabina? «Porque no siempre voy con el mismo camión», explica. Ahora, por ejemplo, lo lleva vacío. Vuelve de descargar colchones en Valladolid. Camino de Zaragoza. Allí cambiará de vehículo. Cogerá uno con la misma mercancía y volverá, otra vez, por la nacional de los cuellos torcidos, hasta Valladolid. Si no hay complicaciones por el camino, serán cuatro horas y media de viaje. Es justo, justo, el tiempo que tienen establecido antes de parar para descansar. El parón debe ser de 45 minutos y luego, de nuevo, otra vez al volante. «Así que como un día haya más tráfico, ya estás perdido. Las cuatro horas y media, entre el retraso y lo que tienes que parar, se pueden transformar en seis. O más». Y si es así, se complica lo de ir y volver a Zaragoza en el mismo día. O sea, otra jornada más sin hacer carantoñas a Ismael. Otra vez el consuelo del teléfono móvil.
Adoración Quevedo ve todos los días pasar camiones como el de Ismael por delante de su casa -tres balcones en la travesía de Nava de Roa-, y de La Olma, la pensión que regenta desde hace 35 años. Hubo un tiempo en el que también servía comidas y desayunos. El negocio ha quedado ahora reducido a nueve habitaciones, anunciadas con un gran cartel negro con letras amarillas que saluda al viajero que pasa por Nava. Adoración devuelve el gesto y levanta la mano cada dos por tres. Tiene controladas cientos de matrículas y dice adiós a los camioneros o conductores de autobús que pasan por delante de sus dominios, camino de Peñafiel y Valladolid.
Hacia Fátima
Por aquí acaba de pasar un autobús que salió hace tres horas de Santurde y Medina de Pomar. Hará todavía unos cuantos kilómetros más hasta parar en La Maña, un restaurante situado unos metros antes de que la nacional desemboque en la autovía que ya une Tudela con Valladolid. 51 pensionistas de la Asociación de Jubilados de Burgos bajan para visitar el lavabo y tomar un café (con pincho de tortilla) antes de continuar su camino hacia Portugal. «Tendremos la sede en Fátima y desde ahí nos moveremos a otras ciudades», explica Ezequiel Sáiz, el secretario del colectivo, mientras charla con el conductor del autobús, un jersey azul con el nombre de Abel grabado en la pechera. ¿La carretera? «Una mierda, como la mayoría de las de Castilla y León. ¡Anda que por Burgos las tenemos buenas!», explica Ezequiel mientras por delante del establecimiento, en el cruce que lleva a Traspinedo, uno de los puntos sombríos de las carreteras de la provincia (las estadísticas suman heridos y muertos casi cada año), siguen pasando vehículos y más vehículos (más de 5.400 cada día). Camiones que surcan la carretera agrupados en racimos, como los que alimentan los viñedos que iluminan el campo un paso más allá del arcén. Turismos con conductores condenados a ver por delante, durante kilómetros, un cartel amarillo de 'veiculo longo', obligados -si toca un día con mucho tráfico- a mirar de reojo las líneas continuas del centro de la calzada, castigados -sin remedio- a estirar el cuello cada vez que intentan adelantar por una carretera a la que no le dejan ser autovía. Tampoco en el 2009.