
Tras 72 años de aquel levantamiento militar que acabó con la vida de estos ciudadanos y provocó el dolor en silencio de sus familias, el pueblo pretende de esta manera mostrar un reconocimiento con el que se quiere mantener viva la memoria de las víctimas, y especialmente de Mariano Hernández, el superviviente, cuya historia es digna de cualquier guión de película, pero que por desgracia está basada en la más cruda realidad, pues consiguió escapar de un fusilamiento y permanecer escondido durante cuatro años en casa de unos amigos del municipio. Otros no corrieron la misma fortuna.
Pocos días después del 18 de julio de 1936, las escuelas de Villabáñez se convirtieron en un improvisado calabozo a disposición de un grupo de falangistas venido desde fuera de la localidad vallisoletana, quienes fueron encarcelando allí a distintos vecinos. Hasta aquí esta vivencia puede ser similar a la ocurrida en muchos pueblos de Castilla y León que en tiempos de la Guerra Civil sufrieron los crueles daños colaterales en los que los ajustes de cuentas y las rencillas personales, sin entrar en el terreno de la política, se utilizaron a la orden del día y sin ningún tipo de piedad.
Es por ello por lo que este reconocimiento que tiene lugar hoy comenzó a gestionarse a nivel familiar hace cuatro años con la necesidad de reivindicar el nombre de todas estas personas y teniendo como eje central a Mariano, alguien muy querido en el pueblo por su forma sobria de afrontar la vida después de todo aquello, y quien representa la esencia de mirada limpia y positiva. «No tengo rencor a nadie, fue una guerra que no tenía que haber existido, pero existió», comenta Mariano, que volvió a nacer el día 31 de julio de 1936 cuando logró escapar del camión que le conducía a la muerte en la conocida como carretera de las Maricas, en las inmediaciones de Tudela de Duero.
Y lo hizo tras detenerse el vehículo, en un descuido de sus ejecutores mientras se rompía los cordeles que le maniataban las muñecas y corría en dirección al río entre la vía de Ariza y los pinares, que por aquella época no eran tan frondosos como ahora. «Me arrasaron a tiros pero no me llegaron a dar, caminé lo que pude a duras penas por la orilla y luego me tiré al agua. Me dieron por muerto. Me había salvado de los disparos, pero cuando comenzó a anochecer me pregunte ¿y ahora qué?», relata Mariano, que al final optó por volver a Villabáñez a las pocas horas y colarse por el corral en la casa de unos amigos que le acogieron como 'topo' durante cuatro largos años. Un periodo en el que los sobresaltos por las continuas visitas a la vivienda y las contraseñas eran la tónica habitual.
El peor momento
Pero sin duda el peor momento llegó a los pocos días con la muerte de su padre, Patricio Hernández -uno de los nueve fusilados- el 30 de agosto de 1936. «La cantidad de anécdotas que puedo contar en esos cuatro años es infinita pero lo más importante es que tuve ese instinto de conservación que tenemos las personas. También leía mucho, me leí todos los libros que había en aquella época en el término de Villabáñez», señala. Al salir después de esos cuatro años, «en el pueblo al principio la gente no me conocía», dice Mariano Hernández, que decidió en ese momento entregarse y acudir a las autoridades con la verdad de lo ocurrido por delante. Una vez acabada su etapa de prófugo tuvo que realizar el servicio militar durante 32 meses para volver de nuevo a encauzar su vida hasta la actualidad.
El colectivo Verdad y Justicia también colabora en un homenaje en el que en una primera parte los familiares y amigos de los desaparecidos les dedicarán unas palabras y encenderán una vela que simboliza su recuerdo, con minuto de silencio incluido. «Queremos que sea un día feliz, en el que la gente va a llorar pero de emoción», apunta uno de los nietos de Demetrio Raso.





