No obstante, los estados fenológicos (ahora entre el F y el G) tienen un comportamiento desigual gracias a la orografía regional y a la rica diversificación de las comarcas vitivinícolas en el mapa regional. Cada denominación de origen -gracias los servicios técnicos de sus nueve consejos reguladores- tienen ya las acciones bien diseñadas en materia de prácticas culturales y tratamientos ante un exceso de lluvia. Lo más preocupante podría estar en el resto de esas zonas que están fuera de los ámbitos de las DO, del control y el consejo del servicio técnico. Me refiero a las otras cinco comarcas tradicionales: Merindades, Cebreros, Sierra de Salamanca, Cerrato y el espacio vitícola de Sardón-Tudela de Duero, aunque en este último territorio las plantaciones de viñedos están altamente profesionalizadas.
Si hay algo que reconforta en viticultura es que la naturaleza sigue marcando el paso. Los viticultores tienen hoy un caudal informativo mayor y un compromiso con la calidad demandado por las propias bodegas que compran uva. Hacer un pronóstico a estas alturas es descabellado, aunque sí se puede garantizar -hasta la fecha y en líneas generales- una aceptable sanidad.
Un año con un ciclo vegetativo sin alteraciones beneficia al suelo y a la planta, pues hay que intervenir mucho menos. Y este es el panorama que augura una floración generosa a la que habrá que aplicar posteriormente conductas restrictivas en beneficio de la calidad, aunque ya hay quien empieza a desnietar con acierto.
En el fondo está siempre la producción, los rendimientos y, en definitiva, el precio de la uva que tanto interviene en la política del mercado. Pero ese es otro cantar que todavía no ha comenzado.




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