H ace ya algún tiempo que van en aumento los desplazamientos a lugares próximos al lugar de residencia habitual, con el fin de disfrutar del descanso que ofrecen los fines de semana y la sucesión de días de fiesta que popularmente conocemos como puentes.
La actual crisis, ha hecho que dichos desplazamientos se extiendan al disfrute de las vacaciones tradicionales, tanto entre personas que disfrutan de un trabajo fijo y cuya previsión las hace suspender, momentáneamente, de los lugares tradicionalmente llamados 'de vacaciones' y disfrutar de la acogida de las múltiples casas rurales existentes en nuestra región, como aquellas otras cuya precaria situación económica fuerza a buscar los beneficios de los pequeños centros de población. La situación no es nueva para quienes vivimos los difíciles años que siguieron a la Guerra Civil, aunque es de esperar que la actual situación no llegue a los extremos alcanzados en los llamados «años del hambre», en los que el racionamiento de alimentos no sólo suponía el utilizar sucedáneos del azúcar o del café, así como fijar una dieta en la cual, abundaban las legumbres y las verduras mientras la carne y el pescado se limitaba a los productos de la vaca y a los pescados más económicos como las sardinas y los jureles, no siendo extraño ver a los más necesitados 'a la rebusca' en los cubos de la basura, de los que no se rechazaban los escasos alimentos arrojados.
Antes, como ahora, el principal atractivo de los centros rurales lo constituían su vida apacible en plena naturaleza, así como la calidad de sus productos.
A finales de los años cuarenta, se construyó en Tudela de Duero, en la margen izquierda de dicho río, una pequeña colonia de chalés, denominada de San Francisco, formada por siete chalés, de los cuales tres estuvieron dedicados a vivienda de uno de los médicos, del notario y de la familia que durante muchos años fue arrendataria de una importante finca de las proximidades. Las familias de dos industriales ocuparon durante sucesivos veranos los chalés que se conocían como de Doña Damiana.
La posibilidad de que los niños pudieran disfrutar de un descanso lejos de los inconvenientes de Valladolid, junto a la excelente calidad de su pan y de los productos de su huerta, hicieron que sus padres no dudaran en aceptar las molestias que suponía vivir fuera de su lugar de trabajo, si bien el domingo podían disfrutar de un merecido descanso y de la compañía de su familia.