VUELVE A VER EL CASO DE JOSÉ LUIS, ÍNTEGRO
“He venido para quitarme una fobia, la fobia a las tormentas, que me lleva martirizando durante muchísimo tiempo y todavía no lo he superado y quiero que me lo solucionen”.
“Si estoy en casa, bajo las persianas, me meto debajo de la cama… Intento ni verla ni oírla. Parece que todos los rayos me van a caer a mí y una sensación de miedo, de quererme proteger de los rayos… Es que me puede”.
“Empezó todo cuando tenía 18 años; estábamos reunidos una serie de amigos en una casa y estábamos jugando a las cartas. Fuera había una gran tormenta, pero seguimos jugando, no le dimos mayor importancia y, en un momento determinado, cayó un rayo, entró un haz de luz por la puerta y yo era el que estaba enfrente de la puerta y fui el que lo ví. Me quedó tan marcado que se me ha hecho una bola cada vez más grande y no puedo con ello”.
La pantalla le muestra una foto:
“Esta foto, para mí, tiene un significado especial: es mi mejor amigo. En Tudela de Duero, él estaba también conmigo el día que pasó la tormenta […] Él la vivió como una cosa normal, como la mayoría de la gente, no como yo”.
Cuando hay tormenta…
“Todos se acuerdan de mí, me llaman por teléfono a ver dónde estoy metido, qué estoy haciendo, si estoy bien […] e incluso gente que hace un montón de tiempo que no veo: pues me acordé de ti el otro día, cuando hubo la tormenta; dónde estaría éste metido. Me hace sentirme ridículo cuando me pasa. Me siento alagado, me siento querido, porque están preocupados por la situación que saben que estoy pasando […]”.
Con cuatro o cinco años, tuvo fobia a los cohetes:
“Sí, es lo que me comentaba mi padre; que me metía detrás de él, me quería ir del sitio donde había unos cohetes –estos cohetes que había antes en los pueblos-. Me decía mi padre que siempre les había tenido muchísimo miedo. No sé si me vendrá todo esto también por ahí”.
Cómo reaccionaban sus padres con esa fobia a los cohetes:
“Pues me llevaban fuera de allí porque veían que lloraba y que lo pasaba muy mal; como me metía detrás de ellos, pues me quitaban de allí y ya se pasaba el miedo”.
Cómo dio el paso de la adolescencia al mundo adulto:
“Pues yo creo que con mucha normalidad. Siempre arropado por mis padres, por mis amigos, siempre he tenido gente a mi lado… Es que no puedo quejarme de nada; siempre he estado arropado y he sido muy feliz, la verdad”.
Qué sientes que tienes que agradecer a tus compañeros de trabajo:
“El que estén pendientes de mí, el que no haya tenido ningún problema para poder venir. Han pasado conmigo las tormentas; saben cómo lo paso. Es mi segunda casa. Agradezco a toda la gente con la que trabajo. Hace sentirme muy feliz”.
En la pantalla aparece una fotografía de su madre, ya fallecida:
“Ésta es mi gran pérdida. Fue mi alegría mientras estuvo conmigo […] La recuerdo perfectamente; era muy alegre, siempre de broma… yo creo que como yo, tiene el mismo carácter que yo”. Su fobia a las tormentas “ella no la llegó casi a conocer, ella no ha sido casi consciente de lo que me pasaba”.
“La soledad, a veces, es buena. Te das cuenta de cómo eres tú mismo; yo siempre quiero estar acompañado, pero también necesito mis ratos de soledad. Si yo estuviera solo… no soy nadie. Toda mi alegría, necesito darla fuera, a la gente. Necesito dar y recibir. Con ver a la gente que está a mi alrededor que esté contenta, para mí es suficiente y que reciban de mí toda la alegría que puedan”.





